Jugar a ser otra

Actualizado: 12 de ago de 2019

Entrevista a Gonzalo Costa


Pasaron más de treinta años. Muchas cosas cambiaron en el mundo y en su vida –conoció la pobreza, el hambre, el frío, la fama, el éxito–, pero algunas –pocas– permanecen. Entre las cosas que permanecen hay un nombre y un recuerdo indeleble: “Todavía me acuerdo de la maestra que me enseñó a escribir mi nombre. Cada vez que lo escribo me viene su imagen”. El nombre es Gonzalo. Gonzalo Costa: actriz, locutora en el programa de radio más escuchado de la mañana, panelista en el programa de televisión más visto de la tarde. “Debo ser una de las pocas trans que no nos cambiamos el nombre, eso me hace singular”, dice recostada en un sofá de tres cuerpos.


Un plano cerrado mostraría lo siguiente: Costa recostada en un sofá de tres cuerpos, los ojos introspectivos evocando recuerdos lejanos, la voz cálida narrando su infancia, una mesa ratona a sus pies. Sólo un plano abierto –Santiago del Moro y Maju Lozano saludando a un guardia de seguridad, productoras corriendo por los pasillos, banners con publicidades de programas– permitiría inferir que habla en el hall de Radio Mitre y no en el living de su casa.


-¿Qué más recordás de tu paso por la escuela, además de a la maestra que te enseñó a escribir tu nombre?

-Yo empecé mi educación hace 33 años en Córdoba. Las cosas estaban muy atrasadas. Cuando salí de mi casa y me encontré con un ámbito escolar un poco hostil empecé a engordar, porque sentía que no encajaba. En esa época no había muchas maneras de explicarle a una maestra que un nene quería jugar con cosas de nena.


-¿Eras buena alumna?

-En el primario siempre fui muy buena alumna y eso me ayudó mucho. También me doy cuenta de que eso lo usaba, para bien y para mal: para bien, porque era muy curiosa y me gustaba aprender, pero para mal porque era un arma de defensa, muchos no se metían conmigo porque al momento de la prueba la que los iba a ayudar era yo. Hice un poco de uso y abuso de eso – sonríe, y agrega: No había tanta bondad.

La escuela primaria comenzó con un malentendido que se convirtió en un juego. En ese juego se puede leer, quizás, el germen de todo: de una carrera, de una profesión, de una vida. Lita, una empleada del taller de costura de Azucena, la mamá de Costa, había conseguido una vacante para su hijo en una escuela cordobesa. El niño finalmente se mudó y Lita le ofreció la vacante a Azucena para Gonzalo, pero Azucena nunca hizo el trámite de inscripción. “Cuando llegué el primer día de clases no figuraba en la lista, estaba el nombre de ese otro chico”.


-¿Y qué hiciste?

-Lo que haría cualquiera: cuando tomaron asistencia y mencionaron el nombre del chico, dije “presente”. Jugué a ser otro. Durante mucho tiempo yo fui ese otro.

Jugar a ser otro, actuar, no era sencillo para una niña como Gonzalo. En verdad, Costa quería ser otra, no otro, pero en los actos escolares siempre le ofrecían el papel de otro. ¿Qué hizo, entonces? Lo que haría cualquiera: como se cansó de que nunca le ofrecieran los mismos papeles que a las nenas, directamente empezó a escribir ella misma los actos a los ocho años: “No me subía al escenario pero dirigía todo”.

No lo dice, pero en su media sonrisa, en sus ojos entrecerrados, se puede leer algo así: “Fui astuta, les gané, les gané a todos”.

La secundaria transcurrió en una institución amable que la recibió con los brazos abiertos y la alojó en un clima de respeto y, sobre todo, de libertad. Costa era abanderada, competía en las olimpíadas de matemática, iba maquillada a la escuela. Un día la jefa de preceptores le dijo “usted no puede venir pintada a la escuela”. Ella contestó, de nuevo, lo que contestaría cualquiera: “Perfecto, entonces no vengo más”. No se volvió a hablar del tema, nunca más le volvieron a decir nada sobre su aspecto físico. “Todos sabían que yo iba maquillada a la escuela, pero cada tanto tenían que hacer una escenita, como un acting. Después se les pasaba y seguía todo bien”.



-¿Tenías alguna materia preferida?

-Me encantaban todas las materias: historia, literatura, matemática. Pero lo que cambió mi vida fue las clases de teatro.


-¿Qué encontraste en las clases de teatro?

-Teatro era mi rebeldía. Ahí encontré un lugar de pertenencia. Ahí descubrí que yo quería jugar a ser otra, que podía ser quien quisiera.


-¿Y la peor materia?

-Definitivamente la clase de gimnasia. El peor momento para un chico trans es la clase de gimnasia. A mí me dejaban hacer con las nenas, en eso siempre respetaron mi singularidad. Nadie me obligó a jugar al fútbol, no me condenaron al fútbol.

Costa describe su escuela secundaria como un lugar en el que se bregaba por la libertad individual, algo que en la época era, según ella, casi revolucionario. Por eso, cuando su familia empezó a tener problemas económicos, hizo todo lo posible por quedarse. Fue una profesora de matemática quien le ofreció su primer trabajo: Costa le hacía de babysitter de su hijo y ella le pagaba la cuota del colegio.

En la escuela conoció, también, sin saberlo, algo parecido al amor y al desamor. “La primera vez que me enamoré fue en el secundario, pero yo no me di cuenta. Me avisó una amiga”.


-¿Cómo que te avisó una amiga?

-Sí, un día uno de los chicos faltó y yo le dije a Anahí, mi compañera de banco que ahora es bióloga: “Uy, no vino”. Entonces ella me dijo: “Estás enamorada”, y tenía razón, yo no me había dado cuenta.


-¿Y te dio bola?

-No, nunca. Él después se asumió como gay pero le gustan los varones, obvio, no las chicas trans. Era una relación imposible.

-¿Cómo te llevabas con tus compañeros?

-Ahora me pasa que con el tiempo me doy cuenta de que me querían, pero yo hacía la mía. Me gustaba ir a la escuela, me gustaba estudiar, me gustaba que la maestra me quisiera, me encantaba ser la mejor alumna. Pero no tengo ninguna melancolía, esa cosa de juntarme con compañeros del secundario… Hace poco se juntaron todos, yo me alegro y les mando un beso.

Pasaron muchos años. Muchas cosas cambiaron, algunas permanecen. Costa viajó a Buenos Aires, conoció la pobreza, el hambre, el frío, la fama, el éxito. Muchos de sus compañeros se quedaron en Córdoba. Costa ahora es locutora en El club del Moro, el programa de radio más escuchado de la mañana, y panelista en Cortá por Lozano, el programa de televisión más visto de la tarde. Para algunos las cosas cambiaron más que para otros.


-¿Creés que los medios pueden funcionar como un dispositivo educativo para visibilizar las problemáticas trans?

-El lugar en el que yo estoy es sumamente político, yo hago política desde el ejemplo. Si hay un papá, una mamá, un hermano que tienen conflictos con una identidad trans en la casa, con la visibilización que yo tengo y la que tiene Lizy Tagliani podemos ayudar a pensarnos desde otro lugar. Estamos en un lugar muy importante y desde ese lugar comunicamos, desde el ejemplo del trabajo. ¿Qué mejor política que eso? Si un papá está leyendo esto y dice “mi hija es trans, mi hijo es trans”, puede ver que hay opciones. El laburo más grande que hizo Santiago del Moro conmigo y con Lizy en los medios fue desexualizarnos: yo no estoy en el programa más escuchado de la radio o más visto de la televisión por mi condición sino por mi cabeza, por mi palabra. Esa es la verdadera labor de nuestra educación y nuestra verdadera militancia.


-¿Conocés el Mocha Celis, el primer bachillerato trans de la Argentina?

-Lo conozco pero no tengo ningún vínculo con ellos. Me encantaría ponerme en contacto. Es un lugar genial. Lo único que nos va a salvar es la educación, la educación en todo sentido. Hace poco en un portal hicieron una nota sobre mí y titularon “El actor y panelista”. ¿El actor y panelista? ¿El actor y panelista? ¿El actor y panelista? El señor que escribió “El actor y panelista” tiene que revisar, porque la base de todo es la educación.



-¿Eso es ignorancia?

-No, eso es ser un hijo de puta. No es lo mismo. Hay gente que me dice “Sos un genio”. No hay maldad ahí, no hay maldad. Para ellos soy un genio y está perfecto porque es genuino, porque todavía falta mucho. Y en lugares como la Mocha van a enseñarle a la sociedad que podés mantener tu nombre de nacimiento y que tu género sea otro. Eso es lo que yo querría. Cuando saco un pasaje de avión, digo que me llamo Gonzalo y después pongo género femenino y no me lo permiten. El otro día llamé a la empresa y les dije: ¿ustedes me van a enseñar a mí cómo tengo que llamarme?


-¿Te hubiese gustado ir a la Mocha?

-¡Y sí! Ojalá hubiera existido cuando yo estudiaba. La educación es lo que nos va a salvar, y la educación es lo que a mí me salvó. Pero no todas las chicas pudieron acceder a eso. A través de la educación pude encontrar un lugar. Yo existo a través de la palabra.