Una infancia feliz

Actualizado: mar 4

Valeria Licciardi, activista, emprendedora, ex participante de Gran Hermano, cuenta su paso por la escuela: el día en que no la dejaron ser un hada, su lucha por dejar de usar el uniforme de varón, el apoyo de sus amigas.


Son las 5 de la tarde de un martes frío pero soleado de junio y Valeria Licciardi atraviesa el bar con una sonrisa franca, amable. Lleva puestas zapatillas deportivas, una calza negra y un buzo con capucha violeta como los que se usan para entrenar en el invierno. Durante más de una hora, Valeria contará sus experiencias educativas desde el jardín de infantes hasta la secundaria. En un punto de su relato, describirá el uniforme de su escuela privada: pollera y blusa para las chicas, pantalón y camisa para los chicos. Recordará, entonces, el día en que pidió reunirse con el rector para decirle lo siguiente: “No quiero usar más el uniforme, voy a usar la ropa de gimnasia todo el día. A partir de ahora no soy hombre ni mujer, soy una persona de gimnasia”.


Un currículum de Valeria Licciardi podría incluir trabajos tan disímiles como: dueña de un emprendimiento de bombachas que “no distinguen géneros”, actriz, redactora en el suplemento Soy de Página 12, bailarina, participante de Gran Hermano 2015 (en donde se comió la última lata de atún de la casa). Pero antes de todo eso tuvo una infancia, una infancia feliz: asistió a una escuela que contemplaba la diversidad y que la pudo escuchar, tuvo compañeros y compañeras que la respetaron y la trataron con afecto. Todavía hoy conserva a sus amigas de cuando era niña. Pero conoce las realidades de las personas trans y, por ese motivo, se sabe afortunada. “Formo parte, de acuerdo a las estadísticas, y a lo que puede ver quien quiera ver, de una excepción”, escribió en una columna en el diario Página 12 en 2017. Por excepción se entiende lo que para el resto de la población es algo así como la regla: acceso a la salud, a la educación, a la vivienda, al trabajo.

Pero una infancia feliz no es sinónimo de una infancia sin adversidades. Valeria recuerda dos “ruidos fuertes” de su experiencia escolar. Ambos están relacionados con la asignación de roles conforme a estereotipos de género por parte de la escuela. El episodio del uniforme es el segundo. El primero ocurrió hacia el final del jardín de infantes.


-En el jardín no hacía manifestaciones que identificaran a lo que llaman una mujer, no jugaba a los típicos juegos de nena. Yo tampoco pensaba que algo fuera de varón o de mujer, jugaba a lo que sea. Justamente como no había manifestaciones no había nada que pudiera generar un conflicto para la institución, pero en el final del preescolar hicimos una muestra en la que los varones hacían de ardillas y las mujeres de hadas. Y yo tenía ganas de ser un hada. Ese fue el primer ruido fuerte. Fue un momento bisagra en el que empecé a manifestar cosas y en el que me empezaron a marcar que había cosas que eran de varón y otras que eran de mujer.


-¿De qué te disfrazaste al final en el acto?

-De ardilla. Y si ves la foto tengo cara de triste –dice Valeria sin perder la sonrisa franca y amable con la que llegó. Valeria se recuerda abierta, extrovertida y sociable en los primeros años de la escuela primaria. Sin embargo, llegando a quinto grado, sintió, al menos durante un tiempo, algo cercano a la incomprensión. Comenzaban a invitarla a cumpleaños o asaltos y no sabía qué ponerse. Definitivamente no se identificaba con los chicos pero tampoco con las chicas. Empezó a alejarse de sus compañeros y a enfocarse nada más que en estudiar y obtener buenas notas. Ese momento de angustia coincidió con un accidente que fue, paradójicamente, lo que la devolvió a la vida social.


Una moto pasó un semáforo en rojo mientras Valeria, distraída, cruzaba la calle. “Me quedó esta marca, mirá”, dice mientras se señala un punto indistinguible en la cara. Y continúa: “Después del accidente quedé internada un tiempo y mis compañeras vinieron a verme, me dijeron cosas lindas, me trajeron regalos. Me sentí muy querida, y empecé a pensar que si les contaba lo que me pasaba me iban a seguir queriendo”.


-¿Qué les contaste?

-Les conté cómo me sentía, que no quería usar más el uniforme de varón. Me entendieron muchísimo.

-Eran todas muy chicas, vos y ellas.

-Sí, pero había una cosa inexplicable que tiene que ver con el amor y la empatía que les permitió comprender, aunque sea un poco, lo que me pasaba.

-¿No tuviste dificultades a nivel social?

-Como fui toda la vida al mismo colegio mis compañeres fueron viendo todas mis inquietudes y mi desarrollo, entonces ya sabían todo. Quizás si llegaba alguien nuevo me decía mariposón, pero ellas me defendían. Además me di cuenta de que no hay que mostrarles el dolor porque ahí lo hacen más.

-¿Esa era tu estrategia?

-Sí, igual cualquiera se daba cuenta. Mis compañeros ya sabían todo, porque ya en los asaltos la ropa que yo usaba era media indefinida, por ahí me ponía un jean ancho pero una remerita re ajustada arriba, o me dejaba ver un poquito la panza. Todas cosas que vos decías, ¿es una nena? ¿Un nene? ¿Qué carajo es? Pero si venía alguien nuevo y decía ese es re puto le contestaban sí, ya sabemos, olvidate.



Valeria le dijo en su nota de Página 12 a quien quisiera oírla que ella forma parte de una excepción. Eso significa, también, que su adolescencia fue similar a la de cualquier adolescente, incluyendo incomodidad con el propio cuerpo y dolor por amores no correspondidos: “Todo esto es muy Disney, pero fue mi realidad. Por supuesto también hubo momentos de tristeza, por ejemplo ver que mis amigas estaban con chicos y yo no podía estar con el chico que me gustaba. Pero también estaban las que gustaban de un chico y el chico no les correspondía, entonces yo me sentía en ese grupo”.


Hay en ese razonamiento una lógica que podría resumirse más o menos así: todos tenemos problemas. Es una lógica que Valeria también aplicaba a otros aspectos, como la aceptación del propio cuerpo. “Quizás yo no me identificaba con la que tenía los senos enormes, me identificaba con las que eran más chatas. Entonces a la hora de lookearme me vestía como ellas: la que no tenía tetas se ponía remeras súper ajustadas. Y la que tenía… también. Pero bueno, es diferente”, dice entre risas.

Si al inicio del secundario el episodio en el que Valeria se plantó con éxito frente al rector para dejar de usar el uniforme funcionó como una prueba de su capacidad de alzar la voz para hacer oír sus derechos, hacia el final de su adolescencia el empoderamiento adoptó una forma diferente, casi opuesta.


-Al final del secundario ya no me importaba nada y terminé yendo con el uniforme porque el pantalón me quedaba como una calza medio cortita, me encantaba más allá de si era de hombre o de mujer. Pero eso recién se pudo dar cuando asumí muchas cosas. Y ese proceso en el que negocié mucho también me ayudó a descubrir que por más que tenga estéticamente pelo largo o corto, pantalón o pollera, yo no voy a dejar de ser yo. Por supuesto que esos elementos me representan, pero no me definen.


Valeria asocia la educación con la posibilidad de luchar para adquirir derechos negados: “Ya en preescolar, cuando le empecé a contar a mis viejos lo que me pasaba, salí con los derechos del niño porque nos los habían enseñado en la escuela. Entonces, les decía: ‘yo les cuento esto pero ustedes no me pueden echar de casa, no me pueden dar un chancletazo’. Tener una educación y saber cuáles son tus derechos y cómo los adultos tienen que escucharte, hace que una se afirme en el mundo. Para eso fue clave la escuela pero también mi familia. Lo que aprendía en la escuela lo llevaba a mi casa y lo que aprendía en mi casa lo llevaba a la escuela. Es de los dos lados. Con la educación sexual pasa lo mismo: está bueno que tus viejos te lo digan, para que cuando vayas a la escuela si hay un tema de abuso puedas tenerlo presente, pero también está bueno que te lo enseñen en la escuela por si pasa algo en tu casa. Es un conjunto, y afortunadamente a mí me enseñaron a pelear por mis derechos tanto en casa como en la escuela”.


-¿Conocés el trabajo que hacen en la Mocha Celis, el primer bachillerato trans de la Argentina?

-Por supuesto, es fundamental lo que hacen. La educación es muy importante porque muchas de las cosas que nos pasan a las personas trans provienen de que no estamos escolarizadas o somos rechazadas y eso nos impide exigir lo que nos corresponde porque no lo conocemos.

-¿Creés que es necesario que exista una escuela específica para la población trans?

-Si uno no está metido en profundidad en el tema puede creer que hacer escuelas para travestis es autodiscriminante, pero eso sería un error muy grande. Tienen que existir esos espacios porque hay personas que no tienen posibilidad de estudiar en otro lugar, entonces al no existir estadísticamente esa posibilidad hay que crear algo exclusivo, aunque luego se abra a la comunidad, que es lo que pasó con la Mocha. Pero primero tenés que encontrar un lugar de arribo, un lugar en el que te cobijen, te cuiden. O por lo menos un lugar en el que veas otras travas. Además ahí todes aprenden de todes. Solos no podemos hacer nada.